Hace días publiqué las siguientes frases en mi muro del portadadelibro:
Las respuestas fueron variadas e interesantes, y seguí comentando. Lo que aquí aparece es una adaptación de aquellas palabras, lamentablemente un poco tarde por falta de tiempo. Ahora sé que luego de no pocas discusiones dejaron desembarcar al busto, aunque no dejarán que se coloque en Las Peñas. Doy antecedentes: el municipio guayaquileño pretende colocar en el tradicional barrio Las Peñas un busto en homenaje al difunto presidente y alcalde León Febres Cordero. Sin embargo, el Gobierno Central se ha opuesto (se ha dicho que no pueden hacerlo en un espacio protegido como Las Peñas, aunque parece ser según el colectivo DiablUma que no lo quieren en ningún lado). Entre dimes y diretes, a mediados de febrero el hecho derivó en vergonzosos actos violentos. De ahí las siguientes reflexiones:
El espacio público es eso: público. No está hecho para preferencias personales o de grupos pequeños. Entonces, si yo no quiero un busto de León Febres Cordero, ¿por qué debo aceptar que pongan uno? Y sin embargo, siguiendo esa misma lógica, yo no debería imponer un busto del Che Guevara. Entonces, para ser perfectamente coherentes, o debemos sacar todos los bustos, estatuas o placas conmemorativas, o permitir que se pongan todos. Porque quien para unos es ídolo, para otros es demonio.
Con todo esto me acordé de que alguna vez leí que alguien protestaba por la plaza quiteña dedicada a San Josemaría. Pero esa misma persona pedía que en lugar del santo se dedique a Eloy Alfaro, que no tiene un memorial decente. Si a mí me preguntan, San Josemaría merece no sólo una plaza, sino calles y barrios enteros; mientras el "viejo luchador" bien podría caber en media página de un libro de historietas. ¿Por qué imponer conmemoraciones a asesinos (entre otras cosas) como Eloy Alfaro, el Che Guevara, o LFC? Al final, eso de buscar el "valor histórico y positivo" de los personajes nos dejaría con muy pocas
personas (si no ninguna) a quienes rendir homenaje. Porque todos tenemos
nuestras virtudes y pecados, nuestros pros y contras, nuestras bellezas
y fealdades. Siendo estrictamente científicos, nadie se merece nada. Ya
lo decía Jesús: "nadie es bueno sino mi Padre que está en los Cielos". Porque quien para unos es un asesino despiadado, para otros es un héroe guerrero.
Luego, se espera que en el espacio público se atienda a principios estéticos. Pero eso de "lindo a la vista" puede serlo para usted o para mí, pero otras personas tienen otra apreciación sobre la belleza, que no necesariamente coincidirá con la nuestra. Si bien quienes se dedican a alguna labor estética tienen criterios más fundamentados para apreciar lo hermoso de una obra, y éstos normalmente tienden a basarse en convenciones, tampoco podemos asegurar que haya una sola escala para valorar lo agradable de una obra de arte. Así, independientemente de que algún despistado considere que son locos empastadores, chorreadores o alucinadores, nadie puede negar la importancia del arte de van Gogh, Pollock o de Chirico. Entonces ¿qué debe ocupar los espacios públicos? Creo que ese es un debate muy complicado, porque no se puede alcanzar consensos en eso. Porque lo que para unos es de una belleza que extasía, para otros es una basura que da arcadas.
Luego, se espera que en el espacio público se atienda a principios estéticos. Pero eso de "lindo a la vista" puede serlo para usted o para mí, pero otras personas tienen otra apreciación sobre la belleza, que no necesariamente coincidirá con la nuestra. Si bien quienes se dedican a alguna labor estética tienen criterios más fundamentados para apreciar lo hermoso de una obra, y éstos normalmente tienden a basarse en convenciones, tampoco podemos asegurar que haya una sola escala para valorar lo agradable de una obra de arte. Así, independientemente de que algún despistado considere que son locos empastadores, chorreadores o alucinadores, nadie puede negar la importancia del arte de van Gogh, Pollock o de Chirico. Entonces ¿qué debe ocupar los espacios públicos? Creo que ese es un debate muy complicado, porque no se puede alcanzar consensos en eso. Porque lo que para unos es de una belleza que extasía, para otros es una basura que da arcadas.
Entonces -sostengo- mientras no sea una imposición individual, todo el mundo tiene derecho a un espacio en el (valga la redundancia) espacio público. Incluso asesinos como los antes nombrados, u otros tantos que ocupan hoy nuestras calles y veredas. Por ejemplo, si yo digo que quitemos todos los nombres de calles y todas las esculturas conmemorativas y pongamos sólo a Cristo, que es el único que debería tener reconocimiento porque no cometió errores, ¿estarían de acuerdo todos? ¿Estarían de acuerdo los que adoran a Krishna o a Buda? Y eso que hay que tomar en cuenta que casi el 90% de ecuatorianos somos cristianos... Porque lo que para unos es sagrado, para otros puede ser afrenta.
Sí, en realidad sería mejor no hacer tanto alboroto porque alguien le ponga tal o cual nombre a una calle, barrio, fundación o edificio, o le erija busto, estatua, monumento, panteón a cualesquier personajes de mayor o menor trascendencia; más bien preocuparse porque los hechos memorables se repitan, y los olvidables no se vuelvan a repetir. Ahora bien, para todo eso, habría que comenzar por una justicia justa (valga redundantemente la redundancia en la que redundo, que estoy bien redundante), una justicia que realmente señale culpables e inocentes, y no apunte dedos acusadores según intereses políticos o económicos, que eso no ha cambiado desde tiempos socialcristianos y aparentemente no cambiará, porque tampoco lo inauguraron ellos. Tortura también sigue habiendo, violencia, injusticia, abuso. Porque somos humanos y la fuerza del orden suele ser fuerza represiva. Aunque debamos reconocer que en algo está cambiando esto último. En algo.
Tal vez LFC no merezca un busto. Tal vez Simón Bolívar, Manuela Sáenz, Eloy Alfaro, Vicente Rocafuerte tampoco los merezcan. Pero, ¿quién lo merece? A eso voy. Y cada cual vendrá aquí a despotricar contra León (que merecido lo tiene, ciertamente), y también a reconocer sus aciertos (que también los tuvo, qué duda cabe). Pero el punto es ¿realmente merece la lucha fratricida? ¿Realmente "el pueblo", así en genérico odia a LFC? Pregúntenle al pueblo de Guayaquil (y algunos de fuera también), que tuvieron que ir quiteños del DiablUma a dar su opinión (a palos, como suelen hacerlo). Y pregúntenme a mí si no quisiera sacar los bustos y placas de mil personajes, y poner en su lugar a Maximiliano Kolbe, Hildegarda de Bingen, Ireneo de Lyon, Jerónimo de Estridón... ¿Por qué debo estar feliz de que esa avenida enorme abajo de mi casa se llame Eloy Alfaro y no San Agustín de Hipona, o la autopista de acá arribita Simón Bolívar y no San Francisco de Asís? ¿Alguien me preguntó para poner esos nombres? ¿Saldré a dar golpes para que los cambien?
Entonces:
1) El gobierno de Febres Cordero tuvo enormes errores, pero también hay que entender que se trataba de una época de guerrillas, y estábamos rodeados de ellas: M-19, FARC, Sendero Luminoso... Se propuso que este país no iba a caer en eso, y logró pararle la mano a los revoltosos de AVC. Era casi inevitable que se cometan excesos, totalmente injustificables, por supuesto. Pagaron justos por pecadores, como suele pasar. Eso sí, es claro que ni él mismo (y ni siquiera Robles Plaza) pusieron la pistola en la sien de nadie. La policía se encargó de eso, y pasa en todos los países, hasta los más "civilizados", ayer hoy y siempre. ¿O no?
[N.A.: Yo mismo sentí de manera mínima la represión de ese gobierno: cuando era adolescente (y realmente no tenía la pinta más normal del mundo) fui parado muchas veces en la calle pidiéndome papeles, y preguntándome si soy de aquí, que qué hago... Como tenía todo en regla, y no era tampoco un revolucionario, sino un estudiante, me dejaban ir. Conocidos míos, mayormente poetas, desaparecieron por el simple hecho de estar contra el sistema.]
Aunque muchos lo olvidan, también tengo clara la imagen de LFC sometido en la base de Taura. Nadie habló de golpe de estado, de intento de magnicidio. Nadie salió llamando al pueblo a defender la democracia. León firmó lo que le dijeron que firme, le soltaron y (a pesar de haber ofrecido lo contrario) simplemente ordenó que esos insurrectos vayan presos (saliendo pocos meses después gracias a un indulto). Bien podía mandarlos a fusilar (o que mueran torturados), como pasaba en tiempos de Rocafuerte, Alfaro o García Moreno. Pero esos eran otros tiempos. Y muchos nos burlamos de él, y nos alegramos por el Taurazo. No se persiguió a nadie, y la prensa dijo lo que quiso sin que la callen. Ese fue el gobierno tirano y opresor de León. Obligatorio recordar.
2) Los culpables de esos abusos policiales deberían haber sufrido una justa condena. Pero, ¿quién lo ha hecho en algún gobierno? Porque, repito, eso es lo que hace la policía en todo lado y toda época. Hoy también. Pero nuestro corazón debe estar en Yambo y eso es lo único que recuerda (o sabe) la gente.
3) Ergo: León Febres Cordero merece el lugar en la historia que se ha ganado: un presidente de su época y lugar, y un guayaquileño que supo ser un gran alcalde para muchos de sus conciudadanos. No un demonio, no un santo. Si alguien quiere rendirle homenaje está en todo su derecho. Igual que al cowboy crecido de Ernesto Guevara.
4) Si cualquier persona desea dar homenaje de la manera que quiera a quien quiera porque piensa que tiene méritos, cuenta con el apoyo de cierto número de personas (no podemos pedir consenso, ni siquiera mayoría, porque tampoco vamos a convocar a elecciones), y los debidos permisos con respecto al uso del espacio público (por estética, por respeto al entorno y a los ciudadanos...), entonces que lo haga. Esa es la verdadera democracia.
Y este es mi sueño en un mundo perfecto:
a) Que no existan violencia ni torturas, terrorismo ni terror estatal, crímenes de estado ni de los comunes. Que todo aquel que comete un delito sea justamente penalizado. No cuatro millones (o cuarenta) por daño moral y nada para la madre que sufre a diario el abandono y la violencia familiar. No orden de arraigo para el futbolista que fue dejando hijos porque de la noche a la mañana recibió fama y fortuna, pero impunidad total a quien le saca la plata al pueblo para propagandas, relumbrón y pasarela. Justicia. Justicia humana, que ya vendrá la Divina, y en esa sí confío y estoy seguro.
Sí, en realidad sería mejor no hacer tanto alboroto porque alguien le ponga tal o cual nombre a una calle, barrio, fundación o edificio, o le erija busto, estatua, monumento, panteón a cualesquier personajes de mayor o menor trascendencia; más bien preocuparse porque los hechos memorables se repitan, y los olvidables no se vuelvan a repetir. Ahora bien, para todo eso, habría que comenzar por una justicia justa (valga redundantemente la redundancia en la que redundo, que estoy bien redundante), una justicia que realmente señale culpables e inocentes, y no apunte dedos acusadores según intereses políticos o económicos, que eso no ha cambiado desde tiempos socialcristianos y aparentemente no cambiará, porque tampoco lo inauguraron ellos. Tortura también sigue habiendo, violencia, injusticia, abuso. Porque somos humanos y la fuerza del orden suele ser fuerza represiva. Aunque debamos reconocer que en algo está cambiando esto último. En algo.
Tal vez LFC no merezca un busto. Tal vez Simón Bolívar, Manuela Sáenz, Eloy Alfaro, Vicente Rocafuerte tampoco los merezcan. Pero, ¿quién lo merece? A eso voy. Y cada cual vendrá aquí a despotricar contra León (que merecido lo tiene, ciertamente), y también a reconocer sus aciertos (que también los tuvo, qué duda cabe). Pero el punto es ¿realmente merece la lucha fratricida? ¿Realmente "el pueblo", así en genérico odia a LFC? Pregúntenle al pueblo de Guayaquil (y algunos de fuera también), que tuvieron que ir quiteños del DiablUma a dar su opinión (a palos, como suelen hacerlo). Y pregúntenme a mí si no quisiera sacar los bustos y placas de mil personajes, y poner en su lugar a Maximiliano Kolbe, Hildegarda de Bingen, Ireneo de Lyon, Jerónimo de Estridón... ¿Por qué debo estar feliz de que esa avenida enorme abajo de mi casa se llame Eloy Alfaro y no San Agustín de Hipona, o la autopista de acá arribita Simón Bolívar y no San Francisco de Asís? ¿Alguien me preguntó para poner esos nombres? ¿Saldré a dar golpes para que los cambien?
Entonces:
1) El gobierno de Febres Cordero tuvo enormes errores, pero también hay que entender que se trataba de una época de guerrillas, y estábamos rodeados de ellas: M-19, FARC, Sendero Luminoso... Se propuso que este país no iba a caer en eso, y logró pararle la mano a los revoltosos de AVC. Era casi inevitable que se cometan excesos, totalmente injustificables, por supuesto. Pagaron justos por pecadores, como suele pasar. Eso sí, es claro que ni él mismo (y ni siquiera Robles Plaza) pusieron la pistola en la sien de nadie. La policía se encargó de eso, y pasa en todos los países, hasta los más "civilizados", ayer hoy y siempre. ¿O no?
[N.A.: Yo mismo sentí de manera mínima la represión de ese gobierno: cuando era adolescente (y realmente no tenía la pinta más normal del mundo) fui parado muchas veces en la calle pidiéndome papeles, y preguntándome si soy de aquí, que qué hago... Como tenía todo en regla, y no era tampoco un revolucionario, sino un estudiante, me dejaban ir. Conocidos míos, mayormente poetas, desaparecieron por el simple hecho de estar contra el sistema.]
Aunque muchos lo olvidan, también tengo clara la imagen de LFC sometido en la base de Taura. Nadie habló de golpe de estado, de intento de magnicidio. Nadie salió llamando al pueblo a defender la democracia. León firmó lo que le dijeron que firme, le soltaron y (a pesar de haber ofrecido lo contrario) simplemente ordenó que esos insurrectos vayan presos (saliendo pocos meses después gracias a un indulto). Bien podía mandarlos a fusilar (o que mueran torturados), como pasaba en tiempos de Rocafuerte, Alfaro o García Moreno. Pero esos eran otros tiempos. Y muchos nos burlamos de él, y nos alegramos por el Taurazo. No se persiguió a nadie, y la prensa dijo lo que quiso sin que la callen. Ese fue el gobierno tirano y opresor de León. Obligatorio recordar.
2) Los culpables de esos abusos policiales deberían haber sufrido una justa condena. Pero, ¿quién lo ha hecho en algún gobierno? Porque, repito, eso es lo que hace la policía en todo lado y toda época. Hoy también. Pero nuestro corazón debe estar en Yambo y eso es lo único que recuerda (o sabe) la gente.
3) Ergo: León Febres Cordero merece el lugar en la historia que se ha ganado: un presidente de su época y lugar, y un guayaquileño que supo ser un gran alcalde para muchos de sus conciudadanos. No un demonio, no un santo. Si alguien quiere rendirle homenaje está en todo su derecho. Igual que al cowboy crecido de Ernesto Guevara.
4) Si cualquier persona desea dar homenaje de la manera que quiera a quien quiera porque piensa que tiene méritos, cuenta con el apoyo de cierto número de personas (no podemos pedir consenso, ni siquiera mayoría, porque tampoco vamos a convocar a elecciones), y los debidos permisos con respecto al uso del espacio público (por estética, por respeto al entorno y a los ciudadanos...), entonces que lo haga. Esa es la verdadera democracia.
Y este es mi sueño en un mundo perfecto:
a) Que no existan violencia ni torturas, terrorismo ni terror estatal, crímenes de estado ni de los comunes. Que todo aquel que comete un delito sea justamente penalizado. No cuatro millones (o cuarenta) por daño moral y nada para la madre que sufre a diario el abandono y la violencia familiar. No orden de arraigo para el futbolista que fue dejando hijos porque de la noche a la mañana recibió fama y fortuna, pero impunidad total a quien le saca la plata al pueblo para propagandas, relumbrón y pasarela. Justicia. Justicia humana, que ya vendrá la Divina, y en esa sí confío y estoy seguro.
b) Que la gente reconozca a quien lo merece por labores realmente heroicas como el misionero católico Pedro Manuel Salado, muerto en Quinindé por salvar a siete niños de ahogarse. No a un político, de izquierda derecha o centro, porque simplemente hizo algunas cosas externas por aquí y allí.
c) Que desaparezcan los mitos, los intereses, las componendas, los odios y rencillas fanáticas y fundamentalistas. Que seamos hermanos y esta sea una patria (o sea, etimológicamente).
d) Que la opinión no se imponga con garrote, ni por decreto o sentencias manipuladas. Que todos tengamos derecho a decir lo que pensamos, sin necesidad de agredir ni ser agredidos. Y que todos tengamos derecho a la justa defensa.
En fin, no me interesa que pongan bustos o nombren calles. El reconocimiento del hombre común hacia el héroe verdadero es el que nos debería importar. El héroe cuotidiano, la heroína doméstica. Allá los políticos que pongan o quiten placas, mientras nuestra gente siga construyendo la Patria que todos queremos. Y para eso debemos comenzar aprendiendo a conversar. A dialogar, que le llaman. Ese oficio tan poco practicado aquí y ahora.